jueves, 14 de octubre de 2010



Desde hace tiempos inmemoriales a los felinos nos han explicado historias de otros seres de cuatro patas. Seres feroces, devoradores de mininos sin contemplación ninguna, algo así como el ogro que viene a por los humanos cuando se portan mal. Esas historias, que nos las hemos explicado nosotros mismos, nuestros compañeros de raza, nuestros antepasados e incluso los humanos en un intento de protección exagerado, se han ido filtrando en lo más profundo no solo de nuestra alma, sino también diría de nuestro ADN, grabado en nuestros 38 cromosomas. Así pues, yo nací y crecí con ese miedo hacia los cánidos sin ni siquiera haber visto uno. En mi mente, lo imaginaba como un ser depravado, algo enorme que comía gatos por devoción, que nos hincaba el diente por puro placer como si fuera un vulgar vampiro de felinos. Algunos de mis muchachos me advertían: Playete, cuídate al asomarte a la calle que se te puede lanzar uno de esos seres abominables. Lo más curioso es que casi nunca pronunciaban su nombre como si solo por pronunciarlo el poder del cánido fuera a llegar a donde estuviéramos. O al menos eso creía yo.

A base de especulaciones y en mis numerosos sesteos, me iba dando cuenta que los “innombrables” se estaban convirtiendo en una obsesión que martilleaba mi pensamiento y lo que era peor no me dejaba vivir en paz y con tranquilidad. Ni zen, ni relax ni meditación que valga.

La obsesión fue tal que en cuanto oía un ruido que era un sucedáneo de un ladrido huía de las faldas sobre las que estuviera. Cuando por la noche, el perro de la vecina aullaba, los pelos y la cola se me erizaban. Y si intentaba asomar la cabeza por la entrada de la agencia, lo hacia con sigilo no fuera a haber por allí un cánido esperando. Total, que dejé de disfrutar y solo sufría ante la idea del cánido.

Y así me he pasado toda la vida, con la angustia pegada a mi cuerpo. Bueno, eso es lo que ocurría hasta hace tres días. Ese día un pequeño hecho que podía pasar desapercibido cambio mi vida. Fue el día que me hizo replantearlo todo. Ese día, como suele ser habitual, por la mañana a Play habían ido llegando mis muchachos. Me había paseado por alguna falda, había incordiado en alguna mesa hasta que me habían echado y cansado de que nadie me prestara atención empecé a dar vueltas por la oficina sin ton ni son. Y entonces sucedió. Estaba a unos metros de la puerta abierta cuando algo entró en dirección a mí. Yo me quedé con los ojos como platos, las pupilas dilatadas y preguntándome que era aquello. Y así me quedé, quieto, tranquilo, defendiendo mi territorio de posibles enemigos desconocidos. Mis muchachos se levantaron de la silla, pude notar sus miradas hacia la escena y oí sus suplicas: ¡Cuidado Play! Yo no entendía que interés podía tener aquello, ni mucho menos aquellas palabras. Aquello que había delante de mi estaba tranquilo, solo olisqueaba el aire y me miraba de hito a hito. Entonces la tensión del momento se rompió y éste desapareció.

En ese momento, me giré sorprendido y miré a todos mis muchachos que estaban expectantes. Rompieron a aplaudir y a felicitarme: ¡Muy bien, Playete! ¡Qué valiente! ¡Ni se le ha erizado el rabo! ¡Has defendido muy bien tus territorios! Y yo pensaba: ¿Pero qué les pasa a estos? ¿Se les ha ido totalmente la cabeza? Y entonces lo entendí. Seguro que ni has reconocido que eso que ha entrado por la puerta era un perro, ¿verdad Playete?, me dijo una de mis muchachas. ¿Perro? ¿Eso era un cánido? ¿Eso que he tenido delante era la peor de mis pesadillas?, dije maullando.

Y aquello me hizo cuestionármelo todo. Temiendo siempre a algo que ni siquiera sabía lo que era y que ahora que los sé, ni siquiera me ha erizado la piel –mejor dicho el pelaje.

En fin, como siempre suele suceder es más lo que la mente provoca que luego la palpable realidad. ¡Gatos y humanos, no dejéis que el cánido os asuste ni os dejéis asustar por vosotros mismos! ¿O tal vez esto último sea una redundancia?

Próximamente, o en un par o tres de semanas, más y mejores ronroneos.
Palabra de Playete

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viernes, 10 de septiembre de 2010



En estos aún calurosos días del final de verano en que inauguramos mes de septiembre, curso o año, mis pelos caen menos y voy recuperando apetito y peso, me fui a visitar a mi amiga Muffin. ¿Qué no os he hablado nunca de ella? ¡Pues hoy es un buen día para hacerlo! Es una gatita que vive cerca de aquí, de la oficina-casa que habito, y con la cual comparto tardes de pienso y agua y sobre todo largos maullidos sobre el mundo y los humanos.

Muffin es una gata joven aún, pequeñita en sus formas y tímida en su actitud, de verdes ojos y piel atigrada. Vamos una pocholada de felina. ¡Pero no penséis mal! Ambos estamos debidamente esterilizados y lo nuestro es simple y grandemente amistad.

Con ella comparto breves ratos en los que suele ser habitual hablar de nuestros amos respectivos. Claro que como yo tengo muchos –mis muchachos de la agencia- a veces puedo resultar un poco pesado y acaparar la conversación. Pero ella me disculpa.

Ir a ver a Muffin es una salida a la monotonía del día a día, una monotonía muy cómoda, pero a veces tremendamente insulsa. Y justamente estaba pensando sobre esto en una de las visitas a casa de Muffin, cuando ella y yo pudimos observar cuan extraños a veces nos seguís pareciendo los humanos. Que Muffin aún se sorprenda, lo puedo entender: es una gata bisoña, pero ¿yo? Yo ya soy un gato maduro, sabio y filosofo, pero aún así, los humanos jamás dejáis de sorprenderme –para bien o para mal, esa es la cuestión.

Allí estaban dos humanos jóvenes hablando de sus vacaciones y de su vuelta a la realidad, cuando se sucedió una conversación que hablaba de ganas de cambiar de vida, que hablaba sobre deseos de empezar de nuevo, que trataba sobre sueños y anhelos –¡Aiss, qué típicos son esos comentarios entre los humanos a la vuelta de vacaciones! Ambos compartían esos sentimientos, pero al mismo tiempo ellos mismos se ponían trabas: el trabajo, la seguridad –ja, me rio yo de eso de la seguridad-, la familia, las amistades y así podía surgir una larga lista de excusas, en el fondo, de miedos ocultos. Muffin y yo nos miramos y casi no hizo falta que maulláramos porque ambos nos entendimos y pensamos: ¡No puede ser! Ellos, los humanos, que tienen libertad para escoger, para moverse como les plazca y hacer lo que quieran para salir de la tediosa monotonía, no lo hacen y, nosotros, los felinos, a los que por tradición se nos presupone animales de carácter libre, cuando la ejercemos no nos sentimos plenos, pues la mayoría de las veces preferimos el calor del hogar, las faldas de la amita y la compañía de los humanos. ¿No os parece bien curioso? Los humanos, que la tenéis, no la disfrutáis y los gatos que la ejercemos, no nos logra satisfacer.

Por cierto, hablando de curiosidades, durante este pasado mes de agosto este blog cumplió dos años. No lo celebré porque soy terrible para acordarme de fechas, nacimientos, onomásticas y demás. Pero sí, ahora hace dos años que mis muchachos me picaron y me dijeron: ¿A que no te atreves a contar tus historias, Playete? ¿Atreverme yo? ¡Pues claro! Así que llevo dos años y 50 entradas. Vale, no son muchas, pero ¿qué podéis esperar de un animal por instinto perezoso? En cualquier caso, estoy contento y como si fuera un regalo, totalmente inesperado, el humano que cuida de Muffin nos ha escogido entre los 5 blogs más recomendables de la blogosfera. ¡Ahí es nada! ¡Y eso con sólo 50 entradas!

Y volviendo a la libertad de la que hablábamos antes, ahora me la tomo para decirme a mí mismo: ¡Felicidades Playete! ¡Vivan los gatos filósofos y escritores, es decir, viva yo mismo!

Muffin, dale las gracias a tu amo y a los dos os dedico esta entrada, al igual que a todos aquellos que perdéis unos minutos en leer lo que este gato vive, piensa y escribe.

También agradecer a Marta y a David sus ilustraciones para este blog -como la de hoy mismo de mi muchacho- porque estas historias de un gato no serían lo mismo sin sus magníficos dibujos y retratos del protagonista.

¡Gracias!

Próximamente, más y mejores ronroneos.
Palabra de Playete.

Posted by Publicado por Play en 5:05
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jueves, 19 de agosto de 2010


¡Odio el verano! Sí, lo sé, ahora mismo todos os estaréis acordando de mis progenitores y no precisamente bien. Estaréis pensando que me he vuelto loco o que simplemente he acabado de perder la poca cordura que tenía. Sí, lo sé, pero no me importa y lo vuelvo a repetir: ODIO EL VERANO.

Para los humanos, el verano es símbolo de vacaciones, desconexión, viajes, sol, disfrute, tiempo libre. Para los gatos, el verano se resume en: menos hambre, calor insoportable, más aplacamiento y, sobre todo, más bolas de pelo. ¡Asco de bolas! ¡Las odio también a ellas!

Vamos que si por mí fuera, ni verano, ni vacaciones, ni nada. Ahora sí, ahora ya me he ganado vuestro odio más profundo. Ya os imagino diciendo: ¡Playete, qué dices!, ¡Playete, cállate la boca! ¡Qué aún nos quitarán las vacaciones a los humildes trabajadores! Pero yo soy así, sincero. Sin embargo, dejadme que me explique.

Sé que las ventajas veraniegas para vosotros son múltiples. El sol os pone morenitos y estáis más guapos, más relucientes. Yo, por el contrario, es llegar el verano y me adelgazo. Sí, seguro que más de una se estará preguntando que cual es mi dieta. ¿Sabéis cual es? ¡Las puñeteras bolas de pelo! Sí queréis adelgazar probar a comeros kilos de pelo negro y largo. Ya veréis lo que pasa… Seguro que así estaréis hechas un pincel. Así que yo en lugar de ponerme morenito –que eso ya lo soy de por vida, sin necesidad de tostarme ante el astro mayor- , me da por quedarme escuálido. ¡Qué penita que doy! ¡Odio el verano!

También sé que los humanos con el veranito os ponéis de mejor humor y os socializáis más, por eso del calor, la terracita y la cervecita bien fresquita. A mí, sólo me da por estar más huraño y solitario. ¡Con este calor ni yo aguanto estar en las faldas de nadie, ni siquiera de mis muchachas!

A los humanos en verano os da por salir, por viajar. A mí me obligan a quedarme aquí. Bueno, en realidad, no tengo más remedio, mi problema de ansiedad a los cambios de domicilio y lugar me impide moverme. Así que yo viajo a través de la imaginación y a través de lo que me cuentan mis muchachos. Y ahí, ahí, al hablar de mis muchachos, es cuando grito a pulmón entero: ¡¡¡ODIO EL VERANO!!!

Sí, porque mis muchachos no son menos y con el verano hacen lo típico y tópico de los humanos. Con el calor se ponen más fresquitos y con menos ropa. Consecuencia: a veces me siento en las faldas y les clavo las patitas y las uñas con esas telas tan finas que me llevan mis chicas. Y, por supuesto, me acaban echando. También con el calor disminuyen las carantoñas al gato porque en lugar de mimos yo les dejo pelos de gato por todas partes. ¡Casi ni se me quieren acercar!

Y lo que es peor, con el verano llegan las vacaciones y, claro, no las perdonan, ni siquiera para apiadarse de este humilde gatito negro. Así que unos entran y otros se van, y esto es un mareo. No me aclaro y voy dando tumbos en busca de mi falda preferida o de aquel que me voltea en el aire, pero ninguno de ellos está. Y paseo triste, muy triste… Realmente, me descolocan sus ausencias y para que os voy a engañar, los echo profundamente de menos. Es verdad que los he criticado mucho, les he metido mucha caña, pero son mis muchachos y me encanta tenerlos cerca para sermonearlos, para restregarme en ellos, pero sobre todo, para sentirme apreciado.

Lo único que me alivia es que después de las vacaciones vuelven de mejor humor y con más ganas que nunca de darme mimos. Y yo ronroneo de gusto.

¿Ahora entendéis porque odio el verano? ¡Afortunadamente ahora ya estamos en fase decreciente del verano y solo me queda disfrutar de los mimos extras de los que van llegando!

¡¡¡¡RRRRR RRRR RRRRR RRRRRR!!!!

Posted by Publicado por Play en 8:04
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