jueves, 18 de marzo de 2010


Queridos seguidores felinos y blogueros humanos,

Como ya os comenté en la última entrada, hace unas semanas tomé la decisión de internarme voluntariamente en un centro de desintoxicación humana. Sí, lo sé, el nombre suena algo fuerte, pero es que en realidad, no hay mejor manera de definirlo. La idea es que uno acude a este centro para recuperar sus instintos felinos porque por lo visto somos muchos, cada vez más, los que necesitamos ser sometidos a estos tratamientos. Y es que el trato con los humanos está pervirtiendo nuestras facultades naturales.

A este centro acuden muchos gatos de manera voluntaria a dedicarse un tiempo exclusivo, alejado de humanos y amitos, que aunque nos quieren mucho, a veces se equivocan o nos hacen más mal que bien, eso sí, siempre de manera involuntaria. Los motivos principales para ser ingresados son dos: la tristeza o desazón que embarga a algunos gatitos, lo que llamáis vosotros como depresión humana y, la segunda causa, un problema de interpretación de roles: aquellos gatos que se creen humanos, niños o bebés, porque así los tratan sus amos. Claro esto provoca en los gatos una pérdida de personalidad fatal para su desarrollo y sus vidas. ¿Cuántas veces habréis oído a un amo decirle a su perro o gato: ¡¡Ay, mi niño guapo!! ¡¡Ayy, mi bebeito!! ¡¡Ayy, cuánto te quiere la mami!! Y cosas por este estilo que producen el trastorno denominado gatos humanos y que se manifiesta en aquellos gatos que no tienen conciencia de sí mismos y acaban convertidos en gatos-bebé, gatos-niño, gato-exclusivamente faldero. ¡Y claro dónde se ha visto que un gato no rasque, ni arañe, ni persiga cualquier cosa que revolotee y sólo permanezca en las faldas de alguien! Así que por estas dos causas principales los gatos nos sometemos a estos tratamientos.

En el centro es muy importante cumplir cuatro reglas básicas: 1. No tener contacto con humanos durante el tratamiento. 2. Hacer lo que realmente nos dé la gana, que equivale a decir, nada de obligaciones, todo placeres (largas siestas, comer a tutiplén, no tener que dar carantoñas a los amitos, etc.) 3. Rascar allí donde nos plazca sin temor a ser castigados, ni a estropear nada. 4. Mantener relaciones con otros gatos –relaciones anímicas, no penséis mal, muchachos- y compartir experiencias con los demás para volver a ser realmente felinos.

El tratamiento no tiene una duración determinada. Todo depende de tu evolución personal. Hay quienes están una semana, otros dos y otros, como yo, que ya vamos para las cuatro. Pero es que soy un caso complejo. Mi terapeuta, un gato sabio con años de vida y sabiduría a cuestas, ya me ha dicho que lo mío es complicado porque si normalmente los gatos que acuden a terapia están mal porque comparten vida con dos, tres o cuatro humanos a lo sumo, yo que la comparto con diez, imaginaos como ando. Dice que cada uno de estos humanos me ha transmitido sus miedos, sus neuras, pero que al mismo tiempo, han sido muchas personas dándome mimos y carantoñas. Me ha explicado que soy un gato terriblemente bueno, maleable e influenciable y que todo eso no es propio de los de mi raza. Total, su veredicto es que soy un gato mimado y consentido en estado depresivo, con pérdida de personalidad y carente de instintos felinos. ¡Vamos todo un cuadro para estudiar clínicamente! Y yo que sólo pensaba que estaba un poco triste y carente de ilusión con el blog. Es lo que tienen los terapeutas, siempre te sacan los traumas de esta vida, de la vida anterior y diría que hasta de la futura. ¿Vosotros creéis que estoy tan mal?

En fin, os seguiré contando mis historias en el centro y mi evolución, pero ahora me voy porque si me pillan comunicándome con el exterior, voy a tener un serio problema. Sin embargo, una reflexión final: ¿¿No creéis que algunas personas también os tendríais que someter a un tratamiento similar para recuperar vuestra esencia natural y vuestra humanidad?? Ahí lo dejo.

¡Mil gracias por vuestros mensajes de ánimo, especialmente, a Desiree, DVD, Anónimo y Bea!

Palabra de Playete.

Posted by Publicado por Play en 10:08
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viernes, 26 de febrero de 2010


Algunos os habréis preguntado el porqué de estas ausencias cada vez más prolongadas. Bueno, realmente, ¿os lo habéis preguntado alguien? A veces tengo mis dudas, ¿Por qué quién lee este blog? ¿Hay alguien ahí, detrás de la pantalla que lea estas disquisiciones mías?

Las estadísticas me indican que muy pocos y supongo que entre saberme poco leído y la desidia innata de los de mi especie, me he ido dejando.

Inicié el blog con muchísima ilusión, dispuesto a ser un buen bloguero gatuno –tal vez, el único por el ciberespacio- y cumplir con mi nuevo deber. En el fondo, eso era bueno para mí: imponerme un pequeño deber, gustoso eso sí, algo más allá de mis siestas diarias y mis jugueteos por la oficina. Encontrar mi rincón para expresarme más allá de mis miaus y ronroneos. Esperar con ansías publicar la entrada tanto como la latita de los viernes. En definitiva, dar voz y voto a los de mi especie, o al menos, contaros mis andanzas como gato de oficina. El blog me abrió una puerta a miles de posibilidades. Creo que pocas veces un gato ha hablado sin tapujos y ha metido tanta caña a los humanos como yo… Y es que no se puede negar que sois un gran tema para analizar. Pero de tanto escribir y convivir con vosotros, pasó lo que tenía que pasar, que he acabado asumiendo vuestro carácter y el aburrimiento se ha apoderado de mí.

Por eso, he ido pasando de la entrada semanal a la quincenal y de ésta a la mensual. La ilusión por el blog se fue perdiendo y lo que antes era mi motivación se convirtió en mi obligación ¡¿Pero desde cuándo a los gatos nos han importado esas cosas?! ¿Desde cuándo se ha visto que los gatos tengamos que asumir obligaciones?! Nosotros estamos por encima de esas prácticas sociales. Pero, como ya he dicho, de tanto compartir vida con los humanos se me ha acabado pegando algo. Esa sensación de desazón que tanto os suele caracterizar. Y es que los gatos no padecemos de esas sensaciones ni paranoias. Nosotros somos más inteligentes y hemos llegado a un estado de tranquilidad y paz vital que ya quisierais para vosotros. Pero ahora al estar entre diez humanos –cada cual más neurótico que el anterior- y encima si le sumamos a dos embarazadas, he acabado perdiendo el oremus.

Pero lo que es peor, noto que he perdido mi esencia. Los gatos no hemos esperado nunca nada, sólo vivimos del instante, del momento y como mucho ansiamos una simple caricia robada o escuchar el sonido al abrir la latita de los viernes. Nuestras aspiraciones son sencillas, no esperamos grandes cosas, pero tampoco las añoramos. Ya os he dicho antes que los gatos estamos más evolucionados que los humanos y poseemos una paz que hasta el mismo Dalai Lama nos envidia. Sin embargo, he detectado en los últimos meses que me ofusco cuando no soy leído y comentado en este blog. Espero incesante una respuesta a mis palabras y cuando noto que no las obtengo, siento esa frustración tan típica de los seres de dos patas. Así, que ante tal situación, sólo me queda una opción: someterme a una cura antihumanos y retornar a mis instintos felinos a ver si así se me pasa esta sensación. Necesito recuperar mi equilibrio y si vuelvo a escribir, hacerlo por el simple placer de escribir, al igual que me echo mis largas jornadas de siesta, sin esperar nunca nada a cambio. Pero, por el momento, me voy a mi cura de desintoxicación humana y entonces ya veremos si sigo escribiendo.

Quizás, próximamente, nuevos y mejores ronroneos.

Palabra de Playete, en estado de bajón.

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viernes, 15 de enero de 2010



Aunque ya han pasado unos días desde que sucedieran estos hechos, aún sigo confuso, indignado en mi ánimo felino y sin entender nada de nada. Será por esta razón, que esta semana, aunque mis muchachos me hayan hecho carantoñas y me hayan ofrecido jamoncito del rico, yo no lo comía a la primera. Daba vueltas, me lo pensaba, lo olisqueaba, pero no me fiaba. Será que estoy empezando a dudar de los humanos porque hay cosas que mi comprensión gatuna no acepta. O, tal vez, sea al revés y es que los humanos sois demasiado rebuscados y raros. Y todo esto porque hace unas semanas, en una de esas cumbres de politicastros o feria de vanidades diversas que tuvo lugar en Copenhague, unos militantes ecologistas y pacifistas se colaron en una fiesta de tiros largos y en medio de la prensa congregada sacaron una pancarta. En ella, un mensaje breve, pero directo, punzante: “Los políticos hablan, los líderes actúan”. El resto de la noticia ya la conocéis. Veinte días de cárcel para los manifestantes y un próximo juicio que a saber cómo acaba. ¡¡¡¿¿¿ Y esto es justicia???!!! ¡¡¡ PAPARRUCHAS!!! Es decir, a alguien que expresa una opinión libremente sin hacer daño a nadie y en pro de una causa justa, como el cuidado del planeta, le encarcelan. A otros, ladrones y asesinos, se les perdona en años, se les rebajan condenas… Pues no sé que esperáis, esto no es justicia ni es nada. Yo que ya no creía en la justicia divina, ahora tampoco creo en la humana. Prefiero la gatuna en la que cada uno seguimos nuestro camino libre e independiente y no nos dedicamos a fastidiar al más inocente. ¡Si es que esto parece el mundo al revés!

Porque yo me pregunto: ¿la culpa es de la justicia o de los politicastros? Sí, de esos, que no quieren poner un centro de acogida de animales en Barcelona. Sí, de esos, que se gastan el dinero en campañas de publicidad absurdas. Sí, de esos, que se reúnen pero son incapaces de llegar a un acuerdo. Al fin y al cabo, quién decide la justicia son nuestros mandamases.

Hay quién dijo que un pueblo tiene los políticos que se merece. La verdad es que no lo sé, eso os dejo que lo valoréis vosotros, que sois el pueblo y elegís a vuestros mandatarios. Pero lo que sí es cierto que es que aunque hablan mucho y montan tinglados y convenciones a mansalva, ninguno se moja ni toma decisiones ni emprende acciones.

Por suerte, siempre hay valientes, gente que se implica y que lleva las palabras a gestos, a movimientos. Vale, de acuerdo, que los gatos no somos el mejor ejemplo, no somos seres de mucha acción, pero si hace falta, por una buena causa, sacamos las uñas, nos las afilamos y nos disponemos a dar zarpazos. Pero en este caso y en pro de la no violencia que promulgaba aquel pacifista humano llamado Gandhi, daremos zarpazos verbales: ¡Gatos del mundo uniros y que se enteren estos dirigentes! ¡Menos egoísmo y palabra, más acción y sentimiento! Y si hemos de ser ejemplo, lo seremos, para que estos humanos se enteren de lo que realmente es importante.

Y, ahora os dejo, que la carne es débil, el hambre aún más y un gato hambriento, ya ni te cuento. Uno de mis muchachos me está mostrando un trozo de rico pavo… uhhhmmm, en el fondo, no puedo dejar de confiar del todo en los humanos y menos cuando hay comida de por medio. ¡Miaauuuuu!

Próximamente, más y mejores ronroneos.
Play, el gato.

Ilustración by Marta.

Posted by Publicado por Play en 4:59
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