viernes, 3 de diciembre de 2010


Se acerca inexorablemente la época de las paparruchas. ¿Qué cual es esa época? Pues quienes me conozcáis un poquito, sabéis que esa época es la Navidad ¡Tiempo odiado por este felino! Pero antes de disertar sobre todo ello, cosa que este año no sé si haré pues no tengo argumentos nuevos para odiar la Navidad, os voy a poner al día sobre los últimos acontecimientos acaecidos a este felino. Dos en concreto que me han traumatizado por distintas razones.

Voy al grano: ¿Vosotros tenéis sueños? ¿Tenéis algún deseo oculto aún por satisfacer? Los gatos no es que tengamos muchos sueños, a diferencia de los humanos, porque vivimos el presente y no buscamos satisfacciones en el futuro. No nos colgamos del cielo a pensar en me gustaría aquello, querría ser lo otro... Sin embargo, el otro día se despertaron en mí los mayores deseos. ¡Mira que tengo pocos y para una cosa que sueño va y se queda en nada!

Y es que vosotros ya sabéis que no hay nada que me pirre más, a parte de la latita de la semana, que las tiras de pegamento de los sobres. En una escala del cero al diez, estas tiras me proporcionan una satisfacción del quince. ¡Con eso os lo digo todo! Pues hace unas semanas casi casi cumplo mi sueño: verme rodeado de cintas y cintas de excitante pegamento. Play –el lugar, no el gato- amaneció aquel día repleto de esas benditas cintas. Ensobrando unos y otros, aquello era mi paraíso en la tierra. Mis pupilas se dilataron, mi mentón se desencajó y empecé a salivar sin poder parar. ¡Ooohhh, aquello era el cielo! No importaba nada si había muerto. Pero cuando me disponía a hincarle el diente y chupetear el alucinógeno pegamento, ¡Zas! Uno de mis muchachos me encerró en la salita, lejos de mis cintas, de mi paraíso, de mi cielo particular. ¡No, no, no!, musitaba para mis adentros. Yo que ya me imaginaba bajo una lluvia de cintas. Así que mi sueño se fue al traste… Y ahora me pasa lo típico que os ocurre a todos los humanos: que cuando estáis a punto de alcanzar un sueño, ¿cómo pretender renunciar a él? Pues ahora cargaré con mi deseo insatisfecho, cual humano, hasta al menos contentarme con alguna cinta que caiga en mis patas para aliviar mis ansias.

Pero la vida no está únicamente hecha de sueños. Además de la pesadilla de la Navidad, he aquí algo también de ensueño angustioso que me ocurrió hace pocos días. Vale que desde verano he engordado. Vale que tenga unos kilitos de más y que las carnes, ya no prietas, me cuelguen, pero de eso a sugerir que si estoy EMBARAZADO. ¡Válgame Dios! ¡Paparruchas, paparruchas, paparruchas! Ese técnico que visitó Play o estaba ciego o no tiene ni idea de gatos. ¡Mira que transformarme en hembra y encima decir que estoy en estado de buena esperanza! ¡Vale,que estoy gordito! ¡Acepto que soy un poco relamido en mis formas! ¡Puede –como es cierto- que esté castrado! Pero, ojo, que sigo conservando mi cola y no me refiero a la de atrás. ¡Se la tendría que haber enseñado! Así que soy macho, macho. Esto es como si a una mujer rellenita, le ceden el asiento en el metro pensando que está embarazada. ¿No os ofuscaríais? Pues yo lo mismo y encima con cambio de sexo incluido.

Ya dicen que son tiempos extraños. También para los gatos. Pero me da igual lo que piensen los demás. Yo sé quién soy y cuál es mi sueño. Y ahora que lo tengo claro y lo reafirmo, ¿qué importa lo que haya que esperar? Soy Play, el gato, macho, de carnes mórbidas – blandas, suaves, esta palabra se la dedico a Teo-, muso inspirador y filósofo escritor.

Vosotros, ya me conocéis y ahora os pregunto: ¿Quiénes sois vosotros? ¿Cuál son vuestros sueños? ¿Cuáles vuestras pesadillas?

Próximamente, más y mejores paparruchas.

Ilustración: DVD.¡Gracias!

Posted by Publicado por Play en 2:43
Categories:

0 comentarios

jueves, 14 de octubre de 2010



Desde hace tiempos inmemoriales a los felinos nos han explicado historias de otros seres de cuatro patas. Seres feroces, devoradores de mininos sin contemplación ninguna, algo así como el ogro que viene a por los humanos cuando se portan mal. Esas historias, que nos las hemos explicado nosotros mismos, nuestros compañeros de raza, nuestros antepasados e incluso los humanos en un intento de protección exagerado, se han ido filtrando en lo más profundo no solo de nuestra alma, sino también diría de nuestro ADN, grabado en nuestros 38 cromosomas. Así pues, yo nací y crecí con ese miedo hacia los cánidos sin ni siquiera haber visto uno. En mi mente, lo imaginaba como un ser depravado, algo enorme que comía gatos por devoción, que nos hincaba el diente por puro placer como si fuera un vulgar vampiro de felinos. Algunos de mis muchachos me advertían: Playete, cuídate al asomarte a la calle que se te puede lanzar uno de esos seres abominables. Lo más curioso es que casi nunca pronunciaban su nombre como si solo por pronunciarlo el poder del cánido fuera a llegar a donde estuviéramos. O al menos eso creía yo.

A base de especulaciones y en mis numerosos sesteos, me iba dando cuenta que los “innombrables” se estaban convirtiendo en una obsesión que martilleaba mi pensamiento y lo que era peor no me dejaba vivir en paz y con tranquilidad. Ni zen, ni relax ni meditación que valga.

La obsesión fue tal que en cuanto oía un ruido que era un sucedáneo de un ladrido huía de las faldas sobre las que estuviera. Cuando por la noche, el perro de la vecina aullaba, los pelos y la cola se me erizaban. Y si intentaba asomar la cabeza por la entrada de la agencia, lo hacia con sigilo no fuera a haber por allí un cánido esperando. Total, que dejé de disfrutar y solo sufría ante la idea del cánido.

Y así me he pasado toda la vida, con la angustia pegada a mi cuerpo. Bueno, eso es lo que ocurría hasta hace tres días. Ese día un pequeño hecho que podía pasar desapercibido cambio mi vida. Fue el día que me hizo replantearlo todo. Ese día, como suele ser habitual, por la mañana a Play habían ido llegando mis muchachos. Me había paseado por alguna falda, había incordiado en alguna mesa hasta que me habían echado y cansado de que nadie me prestara atención empecé a dar vueltas por la oficina sin ton ni son. Y entonces sucedió. Estaba a unos metros de la puerta abierta cuando algo entró en dirección a mí. Yo me quedé con los ojos como platos, las pupilas dilatadas y preguntándome que era aquello. Y así me quedé, quieto, tranquilo, defendiendo mi territorio de posibles enemigos desconocidos. Mis muchachos se levantaron de la silla, pude notar sus miradas hacia la escena y oí sus suplicas: ¡Cuidado Play! Yo no entendía que interés podía tener aquello, ni mucho menos aquellas palabras. Aquello que había delante de mi estaba tranquilo, solo olisqueaba el aire y me miraba de hito a hito. Entonces la tensión del momento se rompió y éste desapareció.

En ese momento, me giré sorprendido y miré a todos mis muchachos que estaban expectantes. Rompieron a aplaudir y a felicitarme: ¡Muy bien, Playete! ¡Qué valiente! ¡Ni se le ha erizado el rabo! ¡Has defendido muy bien tus territorios! Y yo pensaba: ¿Pero qué les pasa a estos? ¿Se les ha ido totalmente la cabeza? Y entonces lo entendí. Seguro que ni has reconocido que eso que ha entrado por la puerta era un perro, ¿verdad Playete?, me dijo una de mis muchachas. ¿Perro? ¿Eso era un cánido? ¿Eso que he tenido delante era la peor de mis pesadillas?, dije maullando.

Y aquello me hizo cuestionármelo todo. Temiendo siempre a algo que ni siquiera sabía lo que era y que ahora que los sé, ni siquiera me ha erizado la piel –mejor dicho el pelaje.

En fin, como siempre suele suceder es más lo que la mente provoca que luego la palpable realidad. ¡Gatos y humanos, no dejéis que el cánido os asuste ni os dejéis asustar por vosotros mismos! ¿O tal vez esto último sea una redundancia?

Próximamente, o en un par o tres de semanas, más y mejores ronroneos.
Palabra de Playete

Posted by Publicado por Play en 10:00
Categories:

0 comentarios

viernes, 10 de septiembre de 2010



En estos aún calurosos días del final de verano en que inauguramos mes de septiembre, curso o año, mis pelos caen menos y voy recuperando apetito y peso, me fui a visitar a mi amiga Muffin. ¿Qué no os he hablado nunca de ella? ¡Pues hoy es un buen día para hacerlo! Es una gatita que vive cerca de aquí, de la oficina-casa que habito, y con la cual comparto tardes de pienso y agua y sobre todo largos maullidos sobre el mundo y los humanos.

Muffin es una gata joven aún, pequeñita en sus formas y tímida en su actitud, de verdes ojos y piel atigrada. Vamos una pocholada de felina. ¡Pero no penséis mal! Ambos estamos debidamente esterilizados y lo nuestro es simple y grandemente amistad.

Con ella comparto breves ratos en los que suele ser habitual hablar de nuestros amos respectivos. Claro que como yo tengo muchos –mis muchachos de la agencia- a veces puedo resultar un poco pesado y acaparar la conversación. Pero ella me disculpa.

Ir a ver a Muffin es una salida a la monotonía del día a día, una monotonía muy cómoda, pero a veces tremendamente insulsa. Y justamente estaba pensando sobre esto en una de las visitas a casa de Muffin, cuando ella y yo pudimos observar cuan extraños a veces nos seguís pareciendo los humanos. Que Muffin aún se sorprenda, lo puedo entender: es una gata bisoña, pero ¿yo? Yo ya soy un gato maduro, sabio y filosofo, pero aún así, los humanos jamás dejáis de sorprenderme –para bien o para mal, esa es la cuestión.

Allí estaban dos humanos jóvenes hablando de sus vacaciones y de su vuelta a la realidad, cuando se sucedió una conversación que hablaba de ganas de cambiar de vida, que hablaba sobre deseos de empezar de nuevo, que trataba sobre sueños y anhelos –¡Aiss, qué típicos son esos comentarios entre los humanos a la vuelta de vacaciones! Ambos compartían esos sentimientos, pero al mismo tiempo ellos mismos se ponían trabas: el trabajo, la seguridad –ja, me rio yo de eso de la seguridad-, la familia, las amistades y así podía surgir una larga lista de excusas, en el fondo, de miedos ocultos. Muffin y yo nos miramos y casi no hizo falta que maulláramos porque ambos nos entendimos y pensamos: ¡No puede ser! Ellos, los humanos, que tienen libertad para escoger, para moverse como les plazca y hacer lo que quieran para salir de la tediosa monotonía, no lo hacen y, nosotros, los felinos, a los que por tradición se nos presupone animales de carácter libre, cuando la ejercemos no nos sentimos plenos, pues la mayoría de las veces preferimos el calor del hogar, las faldas de la amita y la compañía de los humanos. ¿No os parece bien curioso? Los humanos, que la tenéis, no la disfrutáis y los gatos que la ejercemos, no nos logra satisfacer.

Por cierto, hablando de curiosidades, durante este pasado mes de agosto este blog cumplió dos años. No lo celebré porque soy terrible para acordarme de fechas, nacimientos, onomásticas y demás. Pero sí, ahora hace dos años que mis muchachos me picaron y me dijeron: ¿A que no te atreves a contar tus historias, Playete? ¿Atreverme yo? ¡Pues claro! Así que llevo dos años y 50 entradas. Vale, no son muchas, pero ¿qué podéis esperar de un animal por instinto perezoso? En cualquier caso, estoy contento y como si fuera un regalo, totalmente inesperado, el humano que cuida de Muffin nos ha escogido entre los 5 blogs más recomendables de la blogosfera. ¡Ahí es nada! ¡Y eso con sólo 50 entradas!

Y volviendo a la libertad de la que hablábamos antes, ahora me la tomo para decirme a mí mismo: ¡Felicidades Playete! ¡Vivan los gatos filósofos y escritores, es decir, viva yo mismo!

Muffin, dale las gracias a tu amo y a los dos os dedico esta entrada, al igual que a todos aquellos que perdéis unos minutos en leer lo que este gato vive, piensa y escribe.

También agradecer a Marta y a David sus ilustraciones para este blog -como la de hoy mismo de mi muchacho- porque estas historias de un gato no serían lo mismo sin sus magníficos dibujos y retratos del protagonista.

¡Gracias!

Próximamente, más y mejores ronroneos.
Palabra de Playete.

Posted by Publicado por Play en 5:05
Categories:

3 comentarios